COMARCA DEL ABADENGO
 
Fecha Celebración   Municipio
ene'06
LUMBRALES
ene'19
San Sebastián
  (Sobradillo)
feb-mar
  Semana Santa    
  Lunes de aguas    
  San Jorge   Olmedo
may'03
La Santa Cruz
  San Felices
Lumbrales
La Redonda
may'09
 
El Noveno
San Felices
San Gregorio
may'15
  
ago'03
Mercado Medieval (SF)
  
ago'15
Fiestas de Agosto
  
  
  
   
 
       
       
dic'25 Navidad
 
dic Matanzas    
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la villa


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Desde la fiesta de Reyes hasta la de Nochevieja, siempre hay un momento para pasar unas fechas agradables en Lumbrales.
De rutinaria y laboriosa vida durante la semana, la villa se transforma cada fin de semana del año, especialmente durante las primeras horas de la madrugada, para sorprender a propios y extraños con un ambiente alegre y juvenil que se hace de obligada cita para toda la comarca.
Y es que, si de disfrutar se trata, las gentes de Lumbrales saben divertirse como nadie.
El Carnaval, especialmente la tarde noche del lunes, ha recogido el testigo de otras épocas y explotado con una ironía y una gracia inconfundibles. Casi tan inconfundibles como sus celebraciones religiosas de Semana Santa, especialmente el Vía Crucis y el Descendimiento del Viernes Santo, ritos que se Conservan con impresionante fidelidad desde hace años.
La romería a San Gregorio, el 9 de mayo, y las ferias de ganado y multisectorial del 15 del mismo mes son otras tantas ocasiones para acercarse a la capital del Abadengo a disfrutar de sus gentes, sus costumbres, sus labores y sus artesanías.
Pero será durante la tercera semana de agosto, con motivo de sus fiestas patronales, cuando Lumbrales ofrezca al visitante sus mejores galas y la mejor de sus hospitalidades. Los Toros, con su cabalgata al Prado, sus encierros a caballo, sus novilladas la "movida" de sus numerosas
Peñas, o sus verbenas, son cita ineludible en el verano Salmantino
.

La Cabalgata de Reyes, una tradición que ya existía en Lumbrales mucho antes de que se popularizara tanto a nivel nacional, resurgió a principios de los años 80 del pasado siglo por iniciativa de la Asociación Amigos de Lumbrales. Los Reyes Magos, en caballos o -últimamente- en carrozas, recorren la principal vía del municipio acompañados de los numerosos pajes que les flanquean el paso con sus antorchas. Su visita al portal de Belén viviente es un paso obligado antes de saludar a la Corporación Municipal y a los numerosos niños que con sus padres y abuelos salen a la calle la noche del 5 de enero para recibir a sus ilustres majestades.

 

CARNAVALES

El Carnaval es una de las tradiciones que ha adquirido más fuerza y popularidad en los últimos años. Aunque lejos de las típicas celebraciones de los años 50 del pasado siglo (salvo Los Barrios, que intentan recuperarse siguiendo el espíritu de aquellas época), la movida multicolor de color e imaginación de los múltiples disfraces que invaden la noche, especialmente del martes, son ya cita casi obligada para quienes desean romper con la rutina, la discreción y las buenas formas durante al menos unas horas.

De lo que recordamos de los Carnavales del pasado siglo podemos decir que eran una de las celebraciones más importantes en toda la comarca aunque, curiosamente, lo que más se recuerda de ellos no son ni las mascaradas ni los disfraces (aunque no faltaran ni lo uno ni lo otro). El Carnaval era principalmente la Fiesta de los Barrios, y el disfraz preferido en estos días era el traje charro. El baile era el máximo protagonista de la fiesta, que ya comenzaba a primeras horas de la mañana con el son de la alborada.
Pero los Carnavales se anticipaban muchas veces al calendario. No era infrecuente que, aprovechando otras fiestas locales anteriores al preludio de la Cuaresma, en algunos pueblos adelantaran su particular mascarada. Por Santa Águeda en Hinojosa, San Antón en Lumbrales y San Sebastián en Sobradillo aparecían ya los primeros disfraces.
En Lumbrales, la noche de San Antón había bailes y algunas personas se disfrazaban de máscaras, de dominó, etc., algo que no debía estar muy bien visto, a juzgar por la coplilla que dedicaban a estos y estas avezadas precursoras: "La moza de pocos sesos, en San Antón empieza el antruejo". Coplilla muy parecida a la que se decía en Sobradillo por San Sebastián (vid). También en Bañobárez y Olmedo era honrado este santo -si bien con un carácter distinto y nada carnavalero- con la celebración de una misa en la que se ofrecía al Santo el aguinaldo (pies, rabos, orejas de cerdo, etc...) que luego subastaba el cura. Las caballerías eran sacadas en procesión alrededor de la iglesia durante la misa para luego bendecirlas.
En Hinojosa el anticipo de los Carnavales tenía lugar el día de Santa Bárbara (5 de febrero) al anochecer. Era el día de las casadas y, como es tradición generalizada, ese día mandaban en el pueblo y dejaban de hacer las tareas domésticas. Las "solteras" no podían asistir a la primera parte del festejo, a no ser camufladas, tapándose la cara o con disfraces. En el Barrio de la Atalaya "el tamborilero oficial tocaba con su gaita y tamboril unas tonadas charras, que las casadas bailaban con el caballero que ellas elegían. Durante el baile y sin dejar de tocar, el tamborilero daba una o más vueltas alrededor de las parejas de baile y en un momento dado "le echaba la burra" a la mujer mejor plantada, mejor vestida y que bailaba con más garbo y soltura. (El tamborilero "echaba la burra" colocando su sombrero de fieltro negro sobre la cabeza de la pareja o dama que en su opinión sobresalía de las demás por su baile y atuendo. Esta misma ceremonia o muy similar se realizaba también en Sobradillo). La elegida invitaba siempre al tamborilero a cenar a solas, como agradecimiento a su elección. Después de la cena y en el mismo lugar de los bailes, se hacía una hoguera con parte de los capachos viejos de la almazara, impregnados del aceite de la última campaña, y a su resplandor comenzaba un nuevo baile que duraba hasta la media noche y del que podían participar ya todos los presentes". (vid "Capachera")
El Carnaval propiamente dicho daba comienzo el jueves anterior al Domingo de Carnaval, el jueves "merendero" (vid hornazos), al igual que en Olmedo y Sobradillo. Cada día se celebraba la fiesta en un barrio distinto (Altozano, Iglesia o Juego de pelota, las Eras, calle del Alba) con el patrocinio del bar más próximo, que lo organizaba y/o ponía las bebidas. Todos los días a las cinco de la tarde comenzaban los bailes y la fiesta que se desarrollaba como hemos visto más arriba: "la burra", quema de capachos, etc. Las mozas iban vestidas de charro o disfrazadas, según lo hubiesen determinado y, a veces, también se disfrazaban los mozos. Los Carnavales terminaban el lunes con la "Corrida de gallos" y la "Carrera de cintas" y el martes con la despedida: Los quintos pasaban por las casas del vecindario pidiendo "la buena voluntad" para hacer una cena. Recogían todo bien de Dios: chorizos, farinatos, corderos, dulces, chochos, quesos. Con todo este "revolutum" las novias preparaban algo así como cena-convite del que podía participar todo el mundo. Y entre la comida, licores y cantos, a los que el pueblo era muy aficionado, se daba fin al jolgorio a eso de las 12.

En Lumbrales cada uno de los cinco Barrios existentes tenía su apodo; Barrio de la Calle Ancha: el chisme; la Plaza: los judíos; la Fuente: los ahumaos; El Alamito: el nabo y la Fontanilla: la cochinilla.
En la capital del Abadengo la fiesta consistía en una exhibición pública de bailes charros por parejas dentro de cada barrio, bailándose el charro, el fandango, el charro pasao y las boleras, para terminar con el baile de "la burra la caldera".
Las fiestas comenzaban el lunes, "día de los casados", quienes lo celebraban cada año en barrio distinto, alternando cada cinco años.
El martes era el día de los mozos del Barrio de la Calle Ancha; el miércoles los de La Plaza; el jueves los de La Fuente; el viernes los de El Alamito y el sábado los de La Fontanilla.
La fiesta se organizaba de forma muy similar en todos lo barrios: a las ocho de la mañana salían los casados o los mozos del barrio que correspondiera bailando la alborada al son del tamboril por todas las calles del pueblo.

Era la invitación a la fiesta y duraba toda la mañana. Se descansaba a mediodía, se vestían los trajes típicos y a las cuatro de la tarde empezaba el Barrio en su correspondiente plaza donde, reunida la gente, aparecían las parejas charras a bailar. Los bailes duraban unas dos horas, rematando con el baile de "la burra de la caldera". Este baile se iniciaba, una vez colocadas todas las parejas en el centro de la Plaza, con el "charro corrido y el brincao". Después de unos compases, cada pareja, agarrados de la mano, salían al exterior, y dando una vuelta por detrás de todo el público, ofrecían la belleza de sus vestidos, saludando y correspondiendo a los aplausos y simpatías de la gente que gritaba "la burra la caldera, la caldera la burra", para posteriormente volver al centro y continuar el baile. El tamborilero elegía a la pareja mejor bailadora y vestida, que era la primera que salía del corro, siguiéndola las demás hasta terminar todas y juntarse de nuevo en el centro. El acto se cerraba con una jota. En este momento los mozos levantan sus sombreros dando vivas al barrio y a la Villa y se empezaba el "saqueo", la participación de todo el público en el baile , que duraba hasta el toque de oración. (Todos los días, a las seis de la tarde, las campanas de la iglesia tocaban a oración, recordando a todos la obligación de rezar tres avemarías: "Al toque de oración, cada uno a su rincón", expresaba el dicho popular). Al barrio se solía llevar un cuenco de barro lleno de vino y unos vasitos de lata o plata, de dos asitas, llamados bernagales (bernegal: taza para beber), con que en los descansos bebían los mozos y obsequiaban al público.
Por la noche los mozos invitaban a las mozas del barrio al baile de organillo en un salón de la localidad, al que podían asistir también las novias de los mozos y duraba hasta las once de la noche. Era muy importante no dejar de invitar a ninguna chica del barrio si querían los mozos ser correspondidos al día siguiente con el aguinaldo. Este se recogía por las calles del barrio y se comía durante los días siguientes en una casa desocupada. En un principio sólo se reunían los mozos organizadores, pero desde el año 1920 ya participaban también las chicas, según publicaba Grito.
Algunas canciones cantadas al ir pidiendo por las casas eran:


"En el Barrio de la Fuente
hay una mujer roñosa,
nos ha negado el chorizo
por no bailarle la moza"
"No quiero morcilla rancia
ni tampoco farinato,
que quiero una longaniza
tan larga como mi brazo"
"No quiero mucho
ni tampoco poco,
un jamón entero
y mitad del otro"

Los mozos del Barrio que correspondiera al día siguiente recorrían durante la noche su barrio a son de tamboril, deteniéndose especialmente ante las casas donde hubiera mozas con el fin de invitarlas para el día siguiente. Los solteros de cada barrio llevaban compañera para bailar; si la chica no era del barrio iba de gitana con un sombrero de flores en la cabeza.
Estas fiestas de carnavales terminaban en todos los municipios el miércoles, se iba a misa, se "tomaba la ceniza" y se enterraba la sardina.
Otro dato a señalar es que también "los quintos" celebraban estos días de fiesta en Bañobárez, San Felices, Olmedo e Hinojosa.
En la plaza de San Felices se bailaban diferentes bailes típicos como los Lanceros, las Boleras, Charros y Jotas.
En Sobradillo se diferenciaban tres Barrios: Barrio Arriba (fiesta el jueves), Barrio Abajo (Fiesta el viernes), Barrio de Casados (fiesta el sábado, se hacía en la plaza)
En Fregeneda, el barrio de Palacio lo celebraba el jueves, el Barrio Abijero el viernes y el Barrio de Abajo el Sábado. El domingo era general, el lunes el de los solteros y el martes el de los casados. También había Corrida de Gallos.


CORRIDA DE GALLOS
Era tradición en muchos pueblos "celebrar" durante el Carnaval las llamadas "Corridas de gallos". Las connotaciones y simbología de este animal, al que se consideraba lascivo y lujurioso (pecados que deben ser especialmente combatidos durante la Cuaresma) pudieron bien ser la causa del ensañamiento popular que se realizaba con estos animales durante estos días.
El espectáculo consistía en arrancar "de cuajo" la cabeza de estos animales, que para la ocasión eran colgados pico abajo a gran altura del suelo, de una parte a otra de alguna calle céntrica. Cuenta López Simón que los quintos, montados en caballos o mulos "elegantemente enjaezados con vistosas colchas y mantones", eran los encargados de competir en tan "descavellada" aventura: "estronchar" a carrera tendida la cabeza de estos gallináceos valiéndose para ello sólamente de sus manos (concretamente con el ángulo formado por los dedos índice y corazón). "Acabado el sangriento espectáculo, que ponía "perdidos" a los participantes, y proclamado el vencedor, se daban todos un banquete en compañía de sus novias, con las víctimas del juego".
Al prohibirse estos espectáculos en 1933, hubo quienes no aceptaron esta normativa. Así, cuenta el padre Frutos que, en Hinojosa, "los quintos de aquel año se rebelaron y, medio a escondidas, amparados por la nocturnidad, prepararon y llevaron a cabo el espectáculo en el monte, casi sin espectadores. Como era lo justo, enterado el alcalde, les multó por desacato a la autoridad, y los mozos en venganza le sacaron un cantar, que con ligerísima variación de matices me han recitado varias personas:

"El lunes de Carnaval, pirulín,
ya se corrieron los gallos, pirulín,
el alcalde no quería, pirulín,
los quintos se rebelaron.
Ris con ras, cataplás
yo tengo un tres, ya verás
que bonito es
qué bonito está."

A partir del año siguiente y en su lugar se celebraron las carreras de cintas.

CARRERA DE CINTAS
Lo que tenía de cruel la corrida de gallos, tenía de fino y elegante la "carrera de cintas". Era una pugna amorosa de los quintos por sus novias para mostrarle su deseo de agradarles y asegurarse su amor y fidelidad en la ausencia que el servicio militar les imponía.
El Domingo de Carnaval las Novias preparaban primorosamente las cintas. Mientras ellas las cosían los mozos preparaban el caballo, limpiándolo y enjaezándolo; luego disponían el escenario, como a una altura de unos tres metros del suelo, clavando una especie de portería de parte a parte del camino donde, convenientemente centradas, iban colocando y prendiendo con un alfiler cada una de las cintas de vistosos y variados colores.
El público, desde mucho antes, se iba arremolinando para presenciar el espectáculo. Los mozos iban llegando montados a caballo, propio o prestado, vestidos de pantalón negro de paño e impecable camisa blanca. Cuando el reloj de la villa acababa de dar las doce, que eran coreadas por los presentes, y a una señal y con un orden convenidos, comenzaba la carrera. Cada caballero sostenía en su mano un fino estilete de madera y al pasar bajo las cintas levantaba la mano armada y trataba de introducir por el hueco de la arilla. Cuando uno sacaba una cinta era aplaudido por los espectadores, que lo vitoreaban. Los que habían tenido maña y suerte colgaban la cinta del pecho en señal de triunfo y seguían jugando. Terminada la primera pasada de caballos se hacía la segunda y cuantas fuera preciso hasta que no quedara cinta alguna.
Los nervios y la suerte solían dar alguna mala pasada a más de uno de los mozos. Quien al final se quedaba sin trofeo, había de aguantar la chufla de unas letrillas improvisadas que eran la cantinela del día. He aquí la de uno de esos años, que cuenta la mala suerte de tres mozos:
"El lunes de Carnaval
ya se corrieron las cintas
y se han quedado sin ellas
Amador, Pepe y Lucila" (bis)
Terminada la liza cada uno se quedaba con su cinta que ofrecía como obsequio a la novia.
En Ahigal la corrida de cintas de colores no llegó a alcanzar la popularidad de "los gallos" y pronto cayó en el olvido.

Alborada: "La alborada, como su nombre indica, es la pieza en el repertorio tamborilero designada para ocupar el espacio ausente de los primeros sonidos cotidianos, cuando la madrugada y el amanecer no son obligado sinónimo de trabajo. Recuerdan quienes tuvieron el privilegio de vivir ese despertar al son de la gaita y tamboril que una singular emoción incitaba a saltar de la cama cuando desde lejos el oficiante tocador rompía el ganado descanso de las gentes." (Angel Carril Ramos "Antología de la música tradicional salmantina". Diputación de Salamanca. 1986)
"Antruejo": de "entruejo" y este del latín "intróitulus", diminutivo de "introitus", "entrada" en la cuaresma. María Moliner. "Diciconario de uso del español". Edit. Gredos 1983)
José Frutos Gamito. "Religiosidad popular en Hinojosa de Duero (Salamanca) un rincón del Abadengo". Universidad Pontifica de Salamanca. 1985
Vestido de gitana: era el llevaba la moza o casada que iba al Barrio distinto de su vecindad, acompañada de algún mozo, excelente bailador, para competir con él.
El vestido es una mezcla entre charra y artesana; zapato o zapatilla como el de la charra y medias blancas caladas, manteo y mandila atados a la cintura y cinta bordada colgada de la cintura, jubona negra con bordados dorados, mantón de manila colgado de los hombros caídas las puntas hacia adelante (si colgaban demasiado se prendían en el pecho con alfileres de oro) y también collares aunque menos que las charras.
El peinado igual que el de las charras pero la cabeza cubierta con un sombrero de hombre adornado de flores y sujetas con una cinta que colgaba hasta la espalda dando belleza y feminidad. Este vestido en su conjunto ofrecía más vistosidad, más aire, más gracia en todos los bailes del Barrio. Angel Arroyo Arroyo. "Grito", 2ª etapa
Ricardo García. "Grito" (2ª etapa) Nº 2, Febrero de 1980
Antonio Llorente Maldonado de Guevara. "Las comarcas históricas y actuales de la provincia de Salamanca". Centro de Estudios Salmantinos. Salamanca 1990
Juan López Simón. "Ahigal de los Aceiteros". Lletra. Ciudad Rodrigo 1992
Cinta: Franja de hiladillo de color, de medio metro de largo por 4 cms. de ancho, en uno de cuyos extremos llevaba cosida una arilla de hierro niquelada de unos 5 cms. de diámetro. (José Frutos, ob. cit.)

LA VENDIMIA
UNA DE LAS LABORES TAN ANTIGUAS COMO EL HOMBRE QUE EN LUMBRALES SE SIGUE REALIZANDO COMO HACE UN SIGLO
Aunque hoy está todo "perdido", como dicen los paisanos, y apenas queda la copla que el padre Morán rescatara allá por los años 40 de lo que fue el "vinillo" de la tierra, lo cierto es que todavía hoy pueden verse imágenes de la recolección, pisado de la uva y fermentación del milenario fruto de la vid como las que debieron darse hace cien años.
"De Lumbrales el buen vino,
de Peralejos el jarro,
el buen bebedor de Yecla,
el escacián de Cerralbo" (1)
La copla recogida por el padre Morán en uno de sus innumerables viajes por la provincia de Salamanca es un valioso testimonio de la popularidad que la producción vinícula tuvo en Lumbrales en el siglo pasado. La ermita de San Gregorio, levantada en pleno corazón de la zona conocida como "Las Viñas", y la romería que hacia allí se dirigía cada año, son otros datos a tener en cuenta.
La vendimia se iniciaba habitualmente a partir del día del Pilar, si bien la fecha podía variar lógicamente según viniera el tiempo. Los viñedos lumbralenses más antiguos se encontraban (y todavía alguno se encuentra) en el paraje denominado "Las Viñas". Pero también en "Los Jarales", un lugar próximo donde se realizó una plantación selecta tipo americana, existen numerosas y cultivadas parras, aunque hoy por hoy la tercera parte de las fincas de viñedo están abandonadas. El resto: envejecidas y necesitadas de una amplia renovación de los plantíos. La variedad de uva no obstante es importante: jerez -la más abundante y rica para la mesa-, moscatel, malvasía, rufeta, tinto clemente, ébora, morisco, verdejo ... si bien la mayoría de la cosecha se consume en vino, no en uva.
Para transformar esta uva en vino todavía hoy podemos encontrar en el pueblo al menos media docena de lagares (antiguamente podía decirse que había uno en cada casa de labradores) utilizados durante estas fechas por sus dueños y vecinos. En algunos casos se han "modernizado" con el añadido de prensas y desvagadoras que facilitan el trabajo de transformación de la uva en el sabroso vino que se consumirá a lo largo del año siguiente. Y es que, según los 'expertos', el vino obtenido, aunque de pocos grados, "es riquísimo". Y escaso, pues aunque lo adecuado es no tocarlo hasta mayo, la falta de reserva de la añada anterior hace que se consuma y agote pronto, a veces incluso antes de esa fecha.
El lagar, frecuentemente ubicado en los grandes corralones de las típicas casas labriegas de nuestros pueblos, consiste en un recipiente rectangular, vallado con paredes de piedra, donde se depositan las uvas para ser pisadas. Este proceso del pisado de la uva, que hoy ya nadie hace con los pies descalzos, en muchos casos está siendo sustituída por el uso de una máquina mecánica, la desvagadora, especie de espiral dentada que tritura los vagos con los mismos o mejores resultados y en menor tiempo.
La prensa, un añadido posterior al lagar pero anterior a la desvagadora, es una especie de cilindro de madera de algo menos de un metro de diámetro con una barra metálica con relieve en espiral dispuesta verticalmente en su centro. En esta barra se ensamblaba horizontalmente otra que, haciendo las veces de tuerca, va prensando las tapas de madera del cilindro y con ellas las uvas ya pisadas que, para sacarle todo su jugo, se depositan en su interior. El mosto sale por las ranuras de las maderas del cilindro hasta el pequeño depósito exterior del lagar, de donde se recoge con cubos para trasladarlo a las grandes tinajas de barro de la bodega.
Una vez exprimida toda la uva y recogido el futuro vino hay quien añade agua a lo que queda en la prensa, consiguiendo con ello un suave y dulce líquido que llaman "pichorra". Si a este líquido se le añade calabaza y se espera a su cocción se obtiene el "arrope". Para conseguir el orujo es necesario cocer con agua los restos de la uva ya pisada.
Dentro de las tinajas o cántaros el vino empieza a cocer o fermentar a los pocos días de ser depositado -si no es malo y tiende a rezumar- y continúa así, fermentando, durante unos 60 días. Para evitar que rezume se echan trozos de vides en su interior o bien se frota con jabón el exterior de la tinaja. El vino almacenado en las tinajas debe ser trasegado hasta tres veces, siempre con la luna vieja y en una noche clara para que no se estropee.

SAN GREGORIO
La romería que cada nueve de mayo se realiza en Lumbrales en la ermita de San Gregorio es una de las pocas tradiciones que, afortunadamente, se ha rescatado con fuerza desde hace unos años, aunque ya queden pocas viñas que bendecir y poco vino de la tierra con el que "convidar". "Cuentan los mayores que, si bien se desconoce el comienzo de esta celebración, el gérmen de la misma aparece latente ya a finales del siglo XVII. Por aquellos años los productores de la Villa andaban en pleitos con otros de la comarca por la entrada de otros vinos en el pueblo, importación que pretendían prohibir debido a la "brutal" competencia que hacían a los suyos". (2)
Parece ser que hubo dos importantes plantaciones de viñedo en el pueblo, ambas en la dehesa comunal. De la primera se conservaban hasta hace unos 50 años las portadas o cañizos de madera utilizados para cerrar los caminos hacia la zona, cercada con altas paredes que impedían la entrada del ganado. Estos cañizos, que permanecían abiertos durante todo el día, se cerraban al atardecer por el guarda encargado de la vigilancia de las viñas.
La primera plantación parece datar de tiempos de Carlos III, en cuyo reinado se desarrolló un importante avance social, y debió ser una organización de tipo comunal o municipal, promovida por el Ayuntamiento. Existía una Comisión de viñas integrada por un presidente, un secretario, dos vocales y un concejal que ostentaba el título de "Alcalde de las Viñas".
La segunda zona de viñatería, llamada de los Jarales, se plantó a finales del siglo pasado unida a la primera por una colada que aún se conserva. Ésta también tenía su correspondiente guarda. "Dadas las costumbres de entonces, plantadas las primeras viñas, se debió eligir Patrono de las mismas, y se levantó la austera Ermita que se dedicó al Obispo San Gregorio, cuya fiesta se celebraba el 9 de Mayo." (2)
Según cuentan los mayores, la Misa se celebraba con gran solemnidad a últimas horas de la mañana en la Iglesia Parroquial y a continuación se organizaba la marcha o romería a las viñas a celebrar "la Boda de San Gregorio", presidida por el Mayordomo, Alcalde de las viñas y demás componentes de la Comisión, acompañados de los familiares e invitados; los gastos de la comida y fiesta eran costeados por los miembros de la Comisión.
Llegados a la Ermita, se procedía a la solemne bendición de las viñas, estando ya gran parte del pueblo presente, para comer a continuación el hornazo. La Comisión obsequiaba a todos con vino, tanto en la explanada como en el camino, y por la tarde los alegres y divertidos bailes populares, para regresar a la puesta del sol al pueblo, entrando por la atalaya, y bailar los últimos bailes en la plaza de "la Fuente Abajo" (Plaza de la Alegría).


(1) César Morán. "Por tierras de Salamanca".
(2) Ricardo García."Grito". 2ª etapa, Nº 16, Abril de 1981

LA FERIA DE MAYO

"UNA FERIA CONSOLIDADA"
Para el Vicepresidente de la Diputación, que acudió a la Feria acompañado por el diputado de ferias Jesús Lanchas, los diputados comarcales Bernardo Santos y Julio Fernández, y numerosos alcaldes de las comarcas del Abadengo y Vitigudino, la VII Feria Multisectorial y Transfronteriza "no sólo se está consolidando, si no que cada año va a más". La oposición, por su parte, también se dejó ver (el secretario provincial del PSOE, Emilio Melero, y el senador socialista Castro Rabadán también acudieron a la cita), mientras las asociaciones agrarias quemaban sus últimos cartuchos de cara a las elecciones que se celebrarían unos días después .
Ayuntamientos de la comarca de Vitigudino, asociaciones agrarias, culturales y de desarrollo e industrias de la zona y de otras provincias llenaban con sus stands un Pabellón Municipal cada vez más concurrido por público de toda la comarca de Vitigudino.

FERIA DE GANADO
Las autoridades también visitaron el recinto ferial de las Puentes, donde cientos de ganaderos de toda la comarca (bastantes más que ganado) aprovecharon la ocasión para intercambiar información y opiniones sobre la situación del sector. Maquinaria agrícola de última generación se disputaba un espacio entre las improvisadas carpas-bar y otras de venta de distintos productos y la representación de unas decenas de cabezas de ganado vacuno, ovino y caballar que participaban en los diferentes concursos.
Las asociaciones agrarias estuvieron también presentes en la feria de una animada y soleada jornada .
Al cierre de la VII Feria el balance volvía a ser positivo en cuanto a la cantidad de expositores y visitantes. El alcalde de la villa, Joaquín Peña Donís, destacaba "la amplia demanda de participación, hasta el punto de que se han quedado empresas fuera. Además cada vez tiene más calidad, como todos hemos podido comprobar", añadía Peña, que en el discurso de apertura de la feria abogó por el fomento de la "cultura de la agrupación de todos los sectores de la zona". La promoción de las rutas de senderismo, además de la gastronomía y la cultura de cada pueblo fueron posiblemente los aspectos más destacados por los ayuntamientos, mientras que las pocas empresas expositoras de la zona promocionaban sus productos de forma individualizada o colectiva, como en el caso de la asociación Adezos. La cultura y la artesanía también tuvieron cabida en esta feria en el stand del Castro de Yecla y de las Asociaciones de Mujeres de Lumbrales y de El Abadengo.

 

La Matanza
El cerdo fue, y en alguna medida lo sigue siendo junto a patatas y legumbres, la principal fuente de alimentación en toda la Comarca. Hasta no hace muchos años eran muy pocas las familias que se quedaban sin matar, "en el quinto", como se decía en Ahigal de los Aceiteros (2).
La matanza era una de las fiestas familiares más importantes del año y siempre un motivo de alegría. Representaba, por una parte, una salida de la rutina; por otra, la constatación de comida segura durante todo un año. Si bien ha perdido parte de su primitiva razón de ser: mantener en buen estado una carne que, de otra manera, se perdería, se sigue haciendo por las cualidades del embutido para ser reservado, por razones económicas y, sobre todo, para "darle gusto al paladar", según Gómez Gutiérrez.
Tanto el día de la matanza como el siguiente de la preparación de los embutidos los niños se quedaban sin escuela. "Las diversiones más propias de la chiquillería eran el columpio, que en Ahigal llamaban "esco-lumpio", que se hacía con una soga que colgaba en alguna viga de corral, o en las ramas de un árbol y con los que se balanceaban unos a otros todos los con-currentes. También era ritual el "caldito": un cocido de membrillo picado, con azúcar, hecho a la lumbre de la leña que se reunía, principalmente con los secos zarzales de las paredes, escribe López Simón. Por las noches era frecuente molestar a los vecinos tirando "tandas" (Lumbrales, Ahigal), "cacos" (Hinojosa), "tiestos" (Sobradillo), o "cacharros" (Ber-mellar y Bañobárez) bombillas fundidas o vasijas rotas que llenabam con restos de sangre, basura, barro y hasta excrementos. En Sobradillo también podían ser buenas, las que se tiraban a los novios o familiares conteniendo castañas, nueces u otros ingredientes de mejor gusto.
EL PROCESO
A primeras horas de la mañana, aprovechando las buenas heladas de las mañanas de diciembre (el frío era imprescindible para la curación de los despojos), los matarifes -hermanos, tíos, padres y abuelos de la misma familia- comenzaban la jornada con unos dulces y una buena copa de aguardiente para entrar en calor. Inmediatamente después se procedía al sacrificio. Los cebones se mataban a cuchillo, clavándoles por el cuello, directamente al corazón.
Este era el momento más desagradable del día. Los pataleos y chillidos que el animal profería, desde el mismo momento en que se le clavaba en la geta un gancho de carnicero para sacarle de la pocilga, destrozaban los tímpanos y a veces también los nervios de algún inexperto matarife.
El cuchillo casi nunca llegaba al corazón y la agonía de unos y otro, lógicamente más del cerdo, se prolongaba hasta que el cebón moría desangrado.
En este momento se obtenía ya el primer alimento: la sangre. Una mujer recogía en un cubo o barreño, que removía sin cesar para evitar la coagulación, la materia prima de las morcillas. En algunos lugares existía la supersticiosa costumbre de marcar con la punta del cuchillo una cruz a la sangre coagulada.
Una vez muerto el cerdo, colocado en el suelo y cubierto de paja, se le prendía fuego para pelar y chamuscar cada centímetro de su piel. Después, ésta se frotaba con el dorso de tapas de viejas cazuelas de porcelana, palas de madera, etc., quedando así limpia y tostada ("chorrascada"). El cebón quedaba listo para ser descuartizado.
Al comenzar a descuartizar el cerdo y antes de cortarle la cabeza, se extraía de la carrillara (quijada inferior) un trocito de magro que alguien, normalmente un niño, llevaba al veterinario para su examen. Momento culminante que en algunas ocasio-nes resultaba dramático con la aparición de la temida "triquina".
"Cuántas veces, siendo niño, pude contemplar en este intervalo a las mujeres, sobre todo, ponerse a rezar en grupo o en particular, mientras seguían realizando las diversas labores de la matanza, para que todo resultara bien", recuerda Frutos Gamito.
Se le ataba sobre el "tajo" o "tajón" (mesa de tres o cuatro patas con un tablero muy grueso, generalmente de encina), se le rajaba por el vientre, y se procedía a descuartizarlo concienzudamente.
Lo primero que salía eran las tripas que, como la sangre, también se aprovechaban, en este caso para la preparación del embutido. La limpieza de estas tripas era otra de las tareas desagradables de la primera jornada: El lavado de las mismas, que solía hacerse fuera de la casa con algún grado bajo cero y las manos en continuo remojo, era una experiencia poco grata que se agrababa posteriormente al entrar las manos en calor. Desunirlas del redaño, (el "pelotón"), de la manteca, deshurdirlas... debían hacerlo entre dos mujeres: una cortando y otra tirando.
A continuación se quitaban el corazón, el hígado, el bofe... es decir,"los menudos", las partes blandas, quedando el cerdo en "la canal". Se sacaba la manteca, que cubría todo el vientre, los riñones, y se partían las costillas, golpeando con una destralilla el espinazo. Entonces la canal se abría en dos y ya podían verse, a cada lado del cerdo, las correspondientes paletas, costillas, lomos y jamones .
En ese momento, y en espera de que la carne se enfriara para su posterior picadura, comenzaba la primera tertulia del día en torno a un buen almuerzo a base de tajadas: jamón "pasado por la sartén", lomo y chorizo frito. Normalmente se reservaba para ese día el chorizo de la tripa "cular", el más gordo. En otros lugares, el almuerzo también podía ser a base de chanfaina, arroz cocido con las tripas y menudos recientes, o un plato de "asadura" (el hígado y los pulmones fritos) o de sopas de ajo con unos huevos fritos y unas "magras". Y por ser ocasión especial, algún mantecadito y una copita de anís.
A la hora de comer se reunían todos los invitados en torno a la mesa para degustar la inefable Paella de los festivos, hígado con chuletas del cerdo y el tradicional arroz con leche o las natillas. Después de la familiar comida no solía faltar alguna baraja con la que "echar" alguna partida de "brisca".
Por la tarde, el picado de la carne se hacía a mano, con largos y afilados cuchillos. Para hacer el chorizo y el salchicón se elegía la carne de las paletas, junto con la obtenida de la cabeza, las costillas y el espinazo. Se le echaba, según fuera para uno u otro, y también según los gustos, pimentón, ajo, sal, nuez moscada, pimienta, un poquito de aceite, e incluso un poco de vino blanco o tinto. Todo ello formaba una masa que se dejaba reposar en las arteras (artesas) al menos veinticuatro horas.
El proceso más delicado era el meter la carne así preparada en la tripa ya limpia, al día siguiente:el embutido. "Si quedaba aire dentro podía fermenta y quedar incomestible. La tarea de embutir la hacía siempre la mujer más experta, que supiese dejar correr la tripa de la mano a medida que quedaba llena y bien prieta. Una vez llena, se picaba con una aguja para que saliera el aire introducido involuntariamente".

Con otros preparados, a base de pan y la sangre y manteca de los cerdos, se elaboraban las morcillas y los farinatos.
El farinato requería gran cantidad de pan, manteca, grasa, cebolla y mucho aceite. La morcilla se hacía mojando pan con la sangre templada a la lumbre, a lo que se añadía pimentón, sal, cebolla y gorduras.
"Llenas las morcillas y convenientemente picadas para que escurrieran el agua sobrante, se colgaban en varales, preparados al efecto en la campana de la cocina. Entonces los varones adultos, en el portal de la casa (siempre amplio) bailaban unos movimientos charros tarareando la música y cantando unas letrillas de cantos de la provincia... para que se cayera alguna e hincarle el diente.
La tía Torda si se muere
no es por falta de alimento
que a la cabecera tiene
las ancas de un burro muerto." (4)
La morcilla y el farinato se hacían el mismo día que se mataba.
Las cena era la hora de las tertulias, los cuentos y los cantes a ritmo de almirez, que se alargaban hasta bien entrada la noche. Canciones como ésta recogida en Hinojosa:
Música venimos dando
por ventanas y balcones
despertando los dormidos
y alegrando corazones.
Andando las doce, las once, las diez,
las nueve, las ocho, las siete, las seis,
las cinco, las cuatro, las tres y las dos,
la una, la media, el cuarto y adiós.
En los últimos días se "echaban en sal" los jamones y los tocinos puestos en las artesas que, lo mismo que el embutido, se colgaban de la cocina para su curación, al calor y al amor de la lumbre del hogar.

Durante la campaña de 1992/93 se sacrificaron en el Abadengo alrededor de 1400 cerdos para el consumo privado en los domicilios particulares, aproximadamente 70 menos que el año anterior y más de 400 por debajo de la campaña precedente.
En el mes de diciembre fue en el que más matanzas se realizaron, alrededor de 1000 animales, el 66 % del total. Las familias, que suelen matar una media de dos cerdos por año, esperan la llegada de sus hijos en Navidad para que ayuden y participen en unas jornadas tradicionales que, a pesar de la crisis económica y de la poca predisposición de los jóvenes a seguir manteniendo las costumbres y hábitos alimenticios de los mayores, se resisten a desaparecer y realizarse tal como antiguamente.
Juan López Simón. "Ahigal de los Aceiteros". Ciudad Rodrigo 1993
José Manuel Gómez Gutiérrez."El libro de las dehesas salmantinas". JUNTA DE CASTILLA Y LEÓN
José Frutos Gamito. "Religiosidad popular en Hinojosa de Duero (Salamanca) un rincón del Abadengo". Universidad Pontificia de Salamanca. 1985



NOCHEBUENA Y NAVIDAD
La tradición de pedir el aguinaldo, que pierde vigor o se recupera de uno a otro año, sería el punto de partida, típicamente navideño, de estas fechas en Lumbrales. La tarde-noche del día 24 niños y adolescentes recorren las casas de vecinos y conocidos cantando los típicos villancicos que ya entonaban sus abuelos y acompañando su voces con instrumentos también legendarios como el pujo, la pandereta o la botella de anís.
"¿Dan licencia?", preguntan casa por casa."Hasta la cocina", responden. Y acto seguido a cantar con tan buena intención como poca técnica.
"A esta casa hemos llegado
cuatrocientos en cuadrilla
si quieren que nos sentemos
saquen cuatrocientas sillas".
Este u otros villancicos más actuales y universales, que poco a poco van sustituyendo a los tradicionales. Como también ha cambiado el aguinaldo recibido: el 'puñito chochos" o las castañas que recibían antaño ya no son tales, sino buenas propinas, dulces y turrones.
La Misa del Gallo sigue atrayendo a muchos vecinos que acuden el templo parroquial; hasta no hace mucho tiempo los mozos acudían esa noche a la Iglesia tocando panderetas, botellas, almireces... ahora los más jóvenes se quedan fuera cantando.
NOCHEVIEJA
Otra tradición recuperada en los últimos años es la de acudir a la Plaza Mayor a tomar las uvas: llueva o hiele los jóvenes -y cada vez menos jóvenes- esperarán que las campanas del reloj anuncien la llegada del nuevo año para tomar las uvas, y a continuación desear felicidad a los amigos y demás personas allí presentes -¿cuántos besos se darán esa noche?- Después, baile y copeo suelen ser la tónica general. La costumbre del cotillón está muy poco implantada y la cena de noche vieja suele ser tan familiar como la de Navidad.
Y lo que nunca se ha perdido es la celebración de los quintos: Nochevieja es induscutiblemente la noche de los quintos (y desde hace unos años de las quintas, aunque cada grupo suele ir por su lado): La costumbre de los que, todavía, tendrán la obligación de entrar en filas u objetar para evitarlo, pasa por una cena en común y el paseo de su mascota (por lo general un chivo o borrego) durante toda la noche. Al calor de la hoguera encendida en la plaza del pueblo esperarán la llegada de la mañana -todos, pues al que se va para casa 'le sacan cantares'- para ....
Por la mañana, después de ir a misa, algunas veces acuden a pedir el aguardiente al cura y al alcalde.
REYES
La última fiesta de estos días navideños es la más esperada por los pequeños: La Cabalgata, recuperada hace más de una década por la Asociación Amigos de Lumbrales y ahora organizada por el ayuntamiento con la colaboración de la Asociación de Padres y de los jóvenes que se brindan voluntarios a participar. Reyes a caballo y numerosos pajes portando antorchas van llenando las calles del pueblo de luz, alegría y emoción en su camino hacia el portalillo de la Plaza donde les espera un Belén Viviente.
Pero por encimta de todo, la convivencia familiar y con los amigos sigue siendo lo fundamental de estos días de vacaciones: en estas fiestas la relación entre las pandillas es mayor, más tranquila, más larga que en 'Toros': pasan mucho tiempos juntos, no faltan cenas de peñas, y si el tiempo no lo impide excursiones u otras actividades en común-.

Tradicionalmente, las Fiestas de Navidad comenzaban casi inexorablemente con la preparación del Belén. Días antes los niños se afanaban por buscar el musgo que serviría de alfombrilla artificial al poblado, para posteriormente desempolvar las diminutas figurillas que, en forma de reyes y pastores, patos, ovejas y cabras, servirían para reconstruir la vida y costumbres del pueblecito judío. El Belén, además del pesebre, siempre debía contar con el castillo del malvado Herodes, el río (formado con la envoltura de plata de las tabletas de chocolate), el puente y el lago (este solía ser algún espejo roto), además de algún pozo, lavanderas, panaderos y otros personajes de distintos gremios. Colocado sobre una mesa adosada a la pared, que se recubría con un inmenso cielo poblado de estrellas entre las que sobresalía la que serviría de guía a los magos de Oriente, los niños no dejaban pasar día, una vez colocadas cada pieza en su sitio, sin avanzar un poco la posición de los Reyes en su camino hacia el portal. "Ya falta menos", murmuraban diariamente tras cumplir con el infantil ritual. Y no sólo los Reyes variaban su posición. Muchos otros personajes iban y venían por el reducido espacio atendiendo el diario quehacer de una población tan viva como la ilusión de los niños que la recreaban. La Navidad se revivía así como algo familiar y cercano, una fiesta fundamentalmente activa en la que los más jóvenes tenían un papel protagonista.
La reconstrucción del Belén en las propias casas se completaba con otras actividades más sociales llevadas a cabo con el grupo de amigos: la petición del aguinaldo. El villancico servía de soporte y pretexto para recorrer las casas de la vecindad pidiendo algo para celebrar la Nochebuena. "¿Dan licencia?", preguntaban... "Hasta la cocina", respondían. Y acto seguido a cantar:
"A esta casa hemos llegado
cantando el Ave María,
desde dentro han contestado:
sin pecado concebida"
Cuando alguien se acercaba a la puerta para invitarles seguían:
"Alegraos compañeros
que ya la veo venir
con el candil en la mano
y el convite en el mandil" (Lumbrales y San Felices)
Con pujos, panderetas, castañuelas, almireces y la botella de anís como acompañamiento sonoro, los niños se acercaban hasta el Belén y cantaban su repertorio como la cosa más natural del mundo. El ama o una hija mayor entraba a la bodega y volvía trayendo en el alda del mandil unas castañas, higos o un puñado de chochos (altramuces), o, a veces, si el frío era más que regular, un trago de vino templado. Echaban todo el aguinaldo en una bolsa para repartirlo luego. Daban las gracias y se despedían cantando... para volver a hacer lo mismo en otras casas.
Si por el contrario en la casa no les ofrecían nada, contestaban:
"Estas puertas son de pino
aquí vive el tío cochino"
"Estas puertas son de caña,
y aquí vive una lagaña" (San Felices)

Pero eso tenía su ritual:
Se llamaba a la puerta con la manilla
Cuando acudía a ver quién era, la "gamanaisa" (conjunto de gente menuda) preguntaba: "¿Entramos o cantamos?". La respuesta podía ser doble:- "¿Qué vais a cantar?".- "Un villancico".- "Alante". Y les abrían la puerta. O bien: -"Unas letrillas".- "Ni entreis ni canteis". Y les cerraban la puerta.
Con letras y músicas conocidas o con letras inventadas por ellos mismos, entonaban dos o tres letrillas.Como muestra (un poco arreglada en sus defectos) he aquí unas estrofas elegidas entre muchas, que reumen un poco los varios sentimientos de esta fiesta y tradición:

Señoras, aquí venimos / Señores, aquí llegamos
a anunciar la Nochebuena y a pedir el Aguinaldo.
Ande, ande, ande, la Marimorena
ande, ande, ande que es la Nochebuena
Esta noche nace el Niño / más hermoso de la tierra
les pedimos un obsequio / para hacerle nuestra ofrenda.
El vino que nos ofrecen / no podemos aceptarlo
queremos estar despiertos / para la Misa del Gallo.
Los mozos están haciendo / una colosal hoguera
para calentar al Niño / que nace esta Nochebuena.
Hay gentes de nuestro pueblo / que no tienen qué cenar
dadnos algo con que puedan / esta noche celebrar.
Porque amables han dejado / cantarle estos villancicos
con nuestras felicidades / de Ustedes nos depedimos.
Si son buenos con nosotros / por Ustedes pediremos
que el Dios Niño les conceda / un año de bienes lleno
Pues que nos dan aguinaldo / caramelos, pasas, nueces,
pediremos a Dios Niño / que les colme de sus bienes.
Si no piensan darnos nada / con que al Niño celebrarle,
sepan que ya nos marchamos / con la música a otra parte.
A los que nada nos dan / pues creen que les engañamos,
les pedimos nos perdonen / si les hemos molestado.
Había también letras más corrientes y acomodaticias según el lugar donde ibas a "pedir", como estas:
Estas puertas son de pino
y forradas con tocino
aquí vive un hombre honrado
que se llama don Justino.
Como sólo cambiaba el 2º y 4º verso, era fácil, a partir del nombre del individuo hacer rimar el verso 2º: v. gracia:
Estas puertas son de pino
y forradas con laurel
aquí vive un hombre honrado
que se llama don Manuel.

c) La Cena Familiar
La familia por aquel entonces era bastante "patriarcal". Los hijos casados, aunque tenían hogar aparte del de los padres, esa noche se desplazaban a cenar a casa de los abuelos, ya los paternos ya los maternos, según lo convenido con anterioridad, para actuar de forma contraria en la comida del día de Navidad.
La cena era abundante, extraordinaria, pero sencilla: unas alubias blancas con chorizo de primer plato, carne o pescado (este muy raro) de segundo con patatas fritas y de postre natillas con galletas o arroz con leche y algo de turrón, no siempre de almendra, sino de cacahuete.
Esa noche, como excepción y rompiendo la costumbre, los hijos casados podían fumar delante de sus padres, cosa que jamás se permitía hacer los demás días, por reverencia y respeto hacia ellos.
Y luego con el vinillo de la tierra un poco alborotado en la mollera, se desataban las lenguas y los pies y se cantaba y bailaba al compás del almirez. Una media hora antes de los doce había un rito que se perpetuaba: la letra de despedida que hacía volver la vista esperanzada de los abuelos: "La Nochebuena se viene / la Nochebuena se va / Y nosotros nos iremos / Y no volveremos más...
Luego acostaban a los niños pequeños, que se habían quedado dormidos sin resistir la velada familiar, para soñar con el Niño Hermoso al que rezaban cada noche: "Jesusito de mi vida / Tú eres niño como yo / por eso te quiero tanto / y te doy mi corazón".
Los mayorcitos (de 10 años en adelante) acompañaban a los padres hasta las dos o así de la mañana, en esa piedra de toque contra el suño y que daba firmeza a su incipiente hombría.
2. Actos de la Navidad:
a) Misa del Gallo, Adoración del Niño y Ofertorio:
A las 12 en punto, después de un repique solemne de campanas y con la Iglesia llena, se oficiaba la MISA DEL GALLO. Mucho canto y villancio y sermón corto. Con muchas voces un tanto argumentosas y desafinadas se cantaba hasta desgañitarse aquel "gloria in excelsis Deo" rapidito, lleno de repiques de campanillas que recordaban a todos el acontecimiento celebrado.
En el Ofertorio de la Misa un largo Villancico de 12 letras cantado a pleno pulmón, por chicos y chicas, en solos alternos que eran respondidos por un eco repetido de todo el pueblo:
Solo: "No hay tal andar como andar a la una
y vereis al Niño en la cuna
que nació en la Noche obscura
desnudito en un portal.
Todos: Que no hay tal andar, que no hay tal andar.
Solo: No hay tal andar como andar a las dos
y vereis al Hijo de Dios
que por nuestra salvación
al mundo vino a penar.
Todos: Que no hay tal andar, que no hay tal andar..."
En la Comunión se cantaban villancicos como el "Pastores a Belén". Al final de la Eucaristía el OFERTORIO. Mientras pasaban en doble fila a besar el pie de una preciosa imagen del NIño depositaban un humilde don para los Cristos pobres de la parroquia.
b) La Hoguera de NAVIDAD
Los autores eran los "mozos" que en el año nuevo entraban en "Quintas". La víspera de Navidad se tallaban en un local de la calle de la Higuera y esa noche rondaban su nuevo estado de "reclutas". Como muestra de su alborozo hacían una hoguera en Navidad y otra en Nochevieja como despedida de año.
Durante todo el día de Nochebuena los quintos recogían de las calles apolillados troncos y vigas, restos de derrivos, ramas inservibles o tocones de añosas encinas secas, o restos de talas de fresnos y álamos en prados. Con todo ello cargaban varios carros con los que iban formando una pira colosal en el centro de la plaza.
Atareados en sus preparativos y para evitar la posible "gracia" de algún desaprensivo pirómano, se quedaban guardándola durante la cena y la Misa del Gallo.
Después del momento de "Alzar a Dios", señalado con la campana gorda con triple golpe a cada elevación, uno de ellos, comisionado por los demás o prestado voluntariamente, se acercaba hasta la iglesia para olfatear el desarrollo de la función y poder avisar el momento oportuno de prender fuego.
El comienzo del Ofertorio-Ofrenda era el momento del "encendido". En pocos minutos, mientras los fieles salían de la iglesia, la hoguera se ponía en pleno cénit. Sus llamaradas de 15 ó 20 metros de altura iluminaban las pétreas y oscuras moradas con un resplandor de color de oro viejo que se hacía visible a varios kilómetros a la redonda.
La casi totalidad de los fieles de la Misa del Gallo se acercaban a prudente distancia al calor de aquel hogar común, formando un círculo irregular que los hermoseaba a todos en la alegría y en el sentido comunitario de la fiesta.
-La primera ronda: Velando armas
Cuando el material menudo de la hoguera ha quedado convertido en pavesas y los nocturnos visitantes penetran en bares y casino para seguir la fiesta, los quintos, parapetados tras gruesos pasamontañas y calientes guantes de factura artesanal, comenzaban su primera ronda de soldados en el cuartel general del pueblo. El monótono y arrítmico tam-tam del bombo acompañaba las discordantes notas de sus cantos, casi nunca acabados, que resultaban a esas horas mitad lamento, mitad gañido inconexo. Y así recorrían las calles de la población dormida, ahuyentando con su voces los fantasmas del silencio.

Recuerdos al atardecer. Por tierras del Abadengo. Exma. Diputación Provincial de Salamanca. Departamento de Servicios Sociales. Salamanca 1992
El día de Nochebuena por la tarde ya salían, sobre todo los niños, a pedir el aguinaldo por las casas, cantando villancicos y tocando instrumentos tan variados como la pandereta, platillos, castañuelas y pujos
A la llegada a las casas solían cantar:
"A esta puerta hemos llegado
cantando el Ave María
desde dentro han contestado
sin pecado concebida" (En Lumbrales)
"Venimos a pedir el aguinaldo
que tengan buen cebonito
para otro año" (En Bañobárez)

FIN DE AÑO
"Recuerdos al atardecer. Por tierras del Abadengo". Exma. Diputación Provincial de Salamanca. Departamento de Servicios Sociales. Salamanca 1992
NOCHEVIEJA-AÑO NUEVO
En Bañobárez las familias más humildes salían a pedir el aguinaldo (chorizo, morcilla o farinato) y así tenían para comer unos días.
En estos días se acostumbraba comer, sobre todo en Lumbrales y Olmedo, el rabo de cerdo en Nochevieja y el pie y la lengua en año nuevo, para según decían "andar todo el año de pie"; en San Felices se comía el chorizo frito.
En Lumbrales era típico que en nochevieja los jóvenes se reunieran para "echar los par-qués", un juego que consistía en escribir en unos papeles los nombres de los chicos, en otro el de las chicas y en otro alguna broma que tuviesen que hacer. Se ponían los papeles en tres gorras distintas y se echaba a suerte, sacando uno de cada gorra, se emparejaban los chicos y las chicas y se les indicaba la broma que tenían que realizar; como dato curioso decir que de este juego salían algunas parejas, llegando incluso al matrimonio.
En Olmedo los quintos acostumbraban "poner la bandera", que ondeaba así hasta la noche de San Sebastián (20 de Enero) en que la retiraban y corrían los gallos. En la plaza hacían también una hoguera y luego rondaban a las novias y mozas del pueblo con el tamboril y las castañuelas. Este municipio aprovechaba el año nuevo para nombrar todos los mayordomos de la Cofradía para ese año.



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